El Buesa Arena despidió la penúltima noche europea de la temporada con un partido que tuvo de todo: ritmo, emoción, tensión… y un desenlace cruel para un Baskonia que volvió a quedarse a las puertas. Estrella Roja se llevó el triunfo (100-108) tras una prórroga en la que pesaron las piernas, el rebote y, sobre todo, la inspiración tardía de Chima Moneke.
El arranque ya dejó claro que iba a ser un duelo abierto. Los serbios entraron mejor, con Nwora marcando territorio y Miller-McIntyre manejando el juego con soltura, pero Baskonia reaccionó rápido. Lo hizo desde el perímetro, con un Frisch impecable, y con Forrest empezando a gobernar el partido. Así, de un inicio incómodo se pasó a un intercambio constante que dejó el primer cuarto en un ajustado 27-28.
El segundo acto fue otra historia. Baskonia encontró continuidad, subió el nivel defensivo y, con Luwawu-Cabarrot asumiendo protagonismo, logró inclinar el partido a su favor. Sin dominar aspectos clave como el rebote, los de Galbiati compensaron con acierto y energía para marcharse al descanso con una ventaja sólida (52-42) y buenas sensaciones.
Pero tras el paso por vestuarios, el guion cambió. Estrella Roja endureció el juego, cargó la pintura y comenzó a encontrar ventajas físicas. Baskonia, además, empezó a atascarse en ataque y a perder claridad. En medio de ese contexto, la eliminación de Diakité acentuó los problemas interiores de los vitorianos. Poco a poco, los serbios fueron limando la diferencia hasta dejar el partido completamente abierto al final del tercer cuarto.
El último periodo fue una montaña rusa. Estrella Roja parecía tener el control, aprovechando su superioridad cerca del aro, pero Baskonia no se rindió. Forrest sostuvo al equipo con una actuación sobresaliente, especialmente desde el tiro libre, y los triples devolvieron la esperanza al Buesa. El partido entró en un intercambio de golpes hasta que, en los últimos segundos, un despiste defensivo permitió a Butler empatar y forzar la prórroga (91-91), justo cuando los locales habían tenido la opción de cerrarlo.
En el tiempo extra, el partido se decidió por detalles… y por nombres propios. Moneke, silbado durante todo el encuentro en su regreso a Vitoria, apareció en el momento clave. Su energía cambió el ritmo del choque: anotó, dominó el rebote y contagió a los suyos. A su lado, el acierto exterior de Ojeleye y Butler terminó de inclinar la balanza.
Baskonia, castigado por las bajas y el desgaste, ya no tuvo respuesta. Había competido durante 40 minutos, había rozado la victoria, pero en el tramo decisivo le faltó gasolina y presencia interior.
La derrota, la octava consecutiva en Europa, vuelve a dejar un sabor amargo. No tanto por el resultado, sino por la forma: el equipo respondió, luchó y tuvo el partido en la mano. Pero en una Euroliga tan exigente, eso rara vez es suficiente.

