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Cómo el Partizan pasó del caos a volver a creer… y por qué vuelve a estar en una encrucijada

No hace tanto parecía imposible imaginar este escenario.

Hace apenas unos meses, el Partizan vivía una de las temporadas más convulsas de su historia reciente. Un proyecto construido con la mayor inversión económica jamás realizada por el club terminó estallando mucho antes de lo esperado. Lo que debía ser el equipo que devolviera al Partizan a la élite europea acabó provocando la salida del entrenador más importante de su historia moderna: Željko Obradović.

En Campo Atrás ya analizamos aquella despedida con la información de la que disponíamos entonces. Con el paso de los meses han ido apareciendo nuevos detalles que ayudan a comprender mejor qué ocurrió realmente. Hoy, con la temporada terminada y muchas decisiones ya tomadas, es posible mirar atrás con otra perspectiva.

Porque la sensación es extraña.

El Partizan pasó del caos absoluto… a convertirse, durante varios meses, en uno de los mejores equipos de la Euroliga. Y, sin embargo, vuelve a encontrarse en una encrucijada.

El día que el proyecto empezó a romperse


Las primeras semanas dejaron al descubierto un equipo sin identidad. Las victorias llegaban con cuentagotas y, cuando lo hacían, apenas escondían los problemas de un vestuario incapaz de funcionar como un colectivo. Sobre la pista se acumulaban los errores, la falta de energía y la sensación de que cada jugador competía por separado. Fuera de ella, las tensiones comenzaban a hacerse demasiado evidentes.

Con el paso de los meses se supo parte de lo ocurrido. Josep Maria Izquierdo, uno de los hombres de máxima confianza de Obradović, llegó a plantear la posibilidad de apartar a algunos jugadores que habían terminado por dinamitar la convivencia del grupo. Eran los nombres que, con el tiempo, muchos aficionados bautizarían como los «jinetes del apocalipsis» del vestuario.

Sin embargo, Željko decidió no hacerlo.

Desprenderse de varios contratos importantes apenas iniciada la temporada habría supuesto un golpe muy difícil de asumir para un club que acababa de realizar la mayor inversión de toda su historia. Obradović prefirió proteger la estabilidad económica del Partizan antes que buscar una solución inmediata sobre la pista. Una decisión que, probablemente, terminó acelerando su propia salida.

Por eso llegaron únicamente soluciones parciales.

Primero Bruno Fernando, para intentar corregir un error de planificación evidente: la ausencia de un pívot dominante. Después Nick Calathes, un jugador que llevaba mucho tiempo sin competir y que necesitaba semanas para recuperar sensaciones. No era suficiente.

Obradovic entendió que no podía reconstruir el proyecto en mitad de la temporada y decidió dar un paso al lado.

Paradójicamente, tras su salida aparecieron recursos que hasta entonces parecían inexistentes. Llegaron Cameron Payne y Tonye Jekiri. Un hecho que dejó muchas preguntas abiertas entre la afición.

Su marcha marcó el final de una era.

Porque Obradović no era un entrenador cualquiera. Era el símbolo del regreso del Partizan a la élite europea. El hombre que había conseguido devolver la ilusión a toda una ciudad. Verle abandonar el banquillo supuso uno de los momentos más duros que recuerda la afición en los últimos años. Pocos días después, Joan Peñarroya asumía uno de los mayores desafíos de su carrera.

El técnico catalán heredaba un equipo roto anímicamente, una afición profundamente decepcionada y un entorno en ebullición.

Mientras tanto, el presidente Ostoja Mijailović atravesaba probablemente el momento más delicado desde que asumió el cargo.

Figura tremendamente controvertida por sus vínculos empresariales y por su conocida cercanía al entorno político del presidente serbio Aleksandar Vučić, pasó a convertirse en uno de los principales objetivos de una afición que llevaba meses acumulando frustración. Hablar de política cuando se habla del Partizan nunca resulta cómodo. Pero también sería ingenuo ignorar que, en Serbia, deporte y política llevan demasiado tiempo caminando de la mano.

Desde entonces, Mijailović prácticamente desapareció del Beogradska Arena.

Su ausencia no evitó que durante semanas el Beogradska Arena retumbó con cánticos de la afición Grobari dirigidos al presidente: «Ostoja, Ostoja… pusi korak Osteja». Su relación con buena parte de la afición continúa hoy completamente fracturada.

El resto ya lo conocen quienes siguen mínimamente la actualidad del Partizan. Lo realmente significativo no era el insulto. Era el mensaje.

Tampoco cesaron los gritos de «Željko Obradović», dirigidos esta vez hacia unos jugadores a los que la grada exigía mucho más compromiso. No todos supieron convivir con aquella presión.

Porque el Partizan no funciona como la mayoría de clubes europeos. Aquí no basta con ganar. Hay que entender dónde se está.

Algunos jugadores nunca llegaron a comprenderlo. Tyrique Jones fue el primero en ser apartado del equipo, pero no fue el único señalado. También Duane Washington, Sterling Brown o incluso Jabari Parker quedaron bajo el foco de una grada que entendía que el problema iba mucho más allá de los resultados.

Las consecuencias fueron inmediatas. La asistencia al Beogradska Arena cayó de forma preocupante y varios encuentros terminaron disputándose en el Aleksandar Nikolić Hall, el viejo Pionir, un escenario mucho más pequeño pero cargado de simbolismo para el club.

Parecía imposible darle la vuelta a una situación así.

Y, sin embargo, ocurrió.

Foto: Bernat Góngora (@bernatgo5)

La noche que cambió la temporada

Joan Peñarroya hizo exactamente lo contrario de lo que muchos esperaban. No revolucionó el equipo. No cambió el sistema. No pidió una nueva plantilla.

Volvió a los principios más básicos del baloncesto.

Defender.

Compartir el balón.

Competir cada posesión como si fuera la última.

Recuperar la energía.

Recuperar el orgullo.

El proceso fue lento. Mucho más lento de lo que reflejan los resultados finales. Durante varias semanas el Partizan siguió siendo un equipo irregular, todavía preso de muchas dudas. Pero poco a poco comenzaron a aparecer pequeños detalles que invitaban al optimismo.

Hasta que llegó Múnich.

Hay partidos que valen una clasificación. Otros cambian una temporada. Y algunos cambian la forma en que un equipo vuelve a creer en sí mismo.

La remontada frente al Hapoel Tel Aviv, en el BMW Park, fue una de esas noches imposibles de explicar únicamente con estadísticas. A través de #BeBallChronicles tuve la oportunidad de vivir aquel encuentro desde dentro y pocas veces he visto un cambio tan radical en la actitud de un equipo. Aquella noche el Partizan descubrió que todavía seguía vivo.

Para entonces, Jabari Parker ya había abandonado el proyecto. Poco después también regresaría Cameron Payne a la NBA. Sin embargo, quien volvía era la pieza que probablemente más había echado de menos el equipo durante buena parte del curso: Carlik Jones.

Muchos seguimos convencidos de que su lesión cambió por completo la primera mitad de la temporada. Resulta imposible saber si, con él disponible, Željko Obradović habría conseguido reconducir la situación. Nunca lo sabremos.

Lo que sí quedó demostrado es que el regreso del base sursudanés coincidió con el nacimiento de un nuevo Partizan.

Uno mucho más reconocible.

Más solidario.

Más competitivo.

Más parecido a lo que su afición llevaba meses esperando.

La segunda vuelta de la Euroliga terminó situando al conjunto de Joan Peñarroya entre los equipos más en forma de la competición. Ya era demasiado tarde para aspirar al play-in, pero el mensaje había cambiado por completo.

El Partizan volvía a creer.

Y Belgrado empezaba, otra vez, a hacerlo con él.

Foto: Bernat Góngora (@bernatgo5).

Cuando volver a creer ya no era suficiente

La temporada terminó mucho antes de que sonara la bocina final. Sí, el Partizan cerró la Euroliga ofreciendo una imagen completamente distinta a la que había mostrado durante el primer tercio del curso. También levantó el ánimo de una afición que llevaba meses sufriendo y recuperó una identidad competitiva que parecía perdida. Pero la derrota en las finales de la ABA League frente a Dubai Basketball dejó una sensación extraña. No tanto por el resultado, sino porque pareció apagar de golpe una ilusión que había costado meses reconstruir.

Quizá resulte injusto reducir aquella final a un simple fracaso. Dubai llegó en un momento de forma excepcional. Durante buena parte de la temporada las lesiones habían impedido ver el verdadero potencial de una plantilla construida para competir con cualquiera en Europa. Cuando recuperó efectivos, el equipo de Aleksander Sekulić encontró una continuidad que terminó convirtiéndolo en un auténtico rodillo. El Partizan compitió, pero nunca terminó de encontrar respuestas ante un rival mucho más fresco física y mentalmente.

Paradójicamente, la última victoria del curso acabó siendo una de las más especiales para quien escribe estas líneas. El tercer encuentro de aquella final, disputado en un Beogradska Arena espectacular, permitió volver a disfrutar de un ambiente que sólo Belgrado sabe ofrecer. A través de #BeBallChronicles tuve la oportunidad de documentarlo desde dentro, captando imágenes que probablemente expliquen mejor que cualquier estadística por qué este club sigue siendo diferente.

Sin embargo, una vez terminada la temporada comenzó otra batalla mucho más importante.

La reconstrucción.

Y ahí empiezan las dudas.

Porque el Partizan ha decidido cambiar prácticamente media plantilla. Algunas salidas eran inevitables. Otras, tremendamente dolorosas.

La marcha de Isaac Bonga probablemente sea la más difícil de reemplazar. No por los números. Nunca fue un jugador que necesitara grandes estadísticas para demostrar su importancia. Era el equilibrio. El jugador que aceptaba defender al mejor rival, cambiar en todos los bloqueos, cerrar el rebote y hacer el trabajo invisible que sostiene a los equipos campeones. Hay jugadores que se sustituyen. Hay perfiles que simplemente desaparecen.

Algo parecido ocurre con Nick Calathes.

Su llegada generó muchas dudas. Venía de un largo periodo sin competir y necesitó varias semanas para recuperar sensaciones. Pero cuando encontró ritmo demostró por qué sigue siendo uno de los mejores directores de juego que ha dado Europa. Nunca necesitó anotar veinte puntos para dominar un partido. Le bastaba con poner orden donde antes había precipitación.

Con él, el Partizan dejó de jugar posesiones para empezar a jugar baloncesto.

Su salida deja un vacío enorme. Especialmente porque obliga a Carlik Jones a asumir una responsabilidad distinta.

El sursudanés ha demostrado ser uno de los mejores bases de toda la Euroliga cuando el partido entra en combustión. Tiene talento para decidir encuentros imposibles, romper defensas y asumir la responsabilidad cuando nadie más quiere hacerlo. Pero otra cosa muy distinta es ser el único organizador de un proyecto que aspira a ganar títulos.

Precisamente por eso, su renovación se ha convertido, probablemente, en el mejor fichaje del verano.

No es casualidad que, hace apenas unos días, el propio Carlik compartiera una historia en redes sociales dejando entrever cierta frustración por la lentitud con la que avanzaba la reconstrucción del equipo. Un gesto pequeño, quizá impulsivo, pero suficientemente significativo como para entender que incluso el líder del proyecto necesita saber hacia dónde camina el club.

También abandonan Belgrado nombres que durante meses estuvieron en el centro de todas las críticas.

Duane Washington y Sterling Brown fueron señalados como parte de aquel vestuario incapaz de responder a Željko Obradović. Sería injusto, sin embargo, reducir toda la historia a esa etiqueta. Ambos terminaron ofreciendo un rendimiento ofensivo extraordinario durante la segunda vuelta bajo Joan Peñarroya. Brown llegó incluso a convertirse en uno de los mejores anotadores de la competición durante varios tramos de la temporada. Los dos demostraron que, en un contexto más estable, podían aportar muchísimo al equipo.

La realidad seguramente sea bastante más compleja de lo que nunca llegaremos a conocer.

Tyrique Jones fue el primero en caer. Su salida pareció simbolizar el final de una etapa marcada por las tensiones internas. Pero resulta difícil creer que todos los problemas del vestuario nacieran únicamente de una persona. Hubo demasiados gestos, demasiadas desconexiones y demasiadas situaciones que apuntaban a un desgaste colectivo más profundo.

Otro caso particular es el de Dylan Osetkowski.

Su fichaje ya nació rodeado de dudas. Nunca fue una petición expresa de Obradović y, además, la ausencia de un pívot dominante durante la primera mitad de la temporada obligó al estadounidense a jugar demasiados minutos como cinco, lejos de su posición natural. La llegada posterior de Bruno Fernando y Tonye Jekiri cambió completamente su contexto. Liberado para jugar como ala-pívot volvió a mostrar el baloncesto que le había convertido en uno de los interiores más cotizados de Europa.

Su marcha rumbo a Valencia Basket deja la sensación de que nunca llegamos a ver la mejor versión del jugador durante una temporada completa.

El caso de Jabari Parker merece un capítulo aparte.

Pocas incorporaciones generaron tanta ilusión. Pocas terminaron dejando una sensación tan amarga.

Su talento ofensivo nunca estuvo en discusión. Pero la Euroliga exige algo más que puntos. Exige sacrificio, disciplina táctica, rebote, dureza y compromiso colectivo. Aspectos en los que el estadounidense nunca terminó de convencer. Su fichaje representó una enorme apuesta económica que acabó condicionando buena parte del proyecto deportivo.

Hoy sigue perteneciendo al Partizan mientras su futuro permanece completamente abierto.

Shake Milton también deja muchas incógnitas. Las lesiones le impidieron tener continuidad, justo cuando empezaba a demostrar esa mezcla de capacidad física, anotación y defensa que Joan Peñarroya buscaba desesperadamente en el perímetro.

Y algo parecido sucede con Bruno Fernando.

Durante muchos partidos fue, probablemente, el pívot más dominante de la ABA League. Sin embargo, la llegada de Jekiri repartió responsabilidades y el angoleño nunca terminó de consolidarse como la referencia absoluta del juego interior. Todo apunta ahora a que su futuro estará lejos de Belgrado.

Mientras tanto, el mercado empieza a dibujar un nuevo Partizan.

Derek Willis, Nikola Tanasković, Kevarrius Hayes o Kyle Allman representan perfiles distintos, pero responden a una misma idea: recuperar energía, físico y hambre competitiva.

A ellos podrían unirse regresos cargados de simbolismo como los de Zach LeDay o Alen Smailagić. También nombres como Alessandro Pajola, uno de los mejores bases defensivos de Europa, aparecen ligados al club. Otros objetivos importantes, como Patty Mills, Nicolás Laprovittola o Armoni Brooks, parecen haberse caído definitivamente.

Y aquí aparece la gran pregunta.

Foto: Bernat Góngora (@bernatgo5).

¿Qué Partizan se quiere construir?

Sobre el papel, el mercado transmite una idea clara: el Partizan busca experiencia, físico y jugadores contrastados para volver a competir desde el primer día. Sin embargo, también deja una sensación difícil de ignorar. Más allá de las incorporaciones, todavía cuesta identificar cuál es el verdadero proyecto deportivo del club.

Porque el Partizan nunca fue simplemente un equipo que fichaba buenos jugadores.

El Partizan construyó su prestigio convirtiéndose en la gran fábrica de talento de los Balcanes. Durante décadas fue el lugar donde crecieron jugadores llamados a marcar una época en Europa y en la NBA. No siempre disponía del mayor presupuesto, pero sí de una identidad reconocible: desarrollar talento joven, hacerlo competir sin miedo y rodearlo de unos pocos veteranos capaces de transmitir la cultura del club.

Ese modelo fue el que convirtió al Partizan en una referencia del baloncesto europeo.

Por eso resulta inevitable preguntarse si el club no debería volver a mirar hacia ese camino.

Con los recursos económicos de los que dispone actualmente, es lógico incorporar jugadores contrastados que eleven el nivel competitivo de la plantilla. Pero el equilibrio siempre ha sido una de las grandes virtudes del Partizan. Un núcleo de veteranos capaz de competir desde el primer día y, a su alrededor, jóvenes balcánicos con hambre, personalidad y margen de crecimiento.

Es precisamente ahí donde surgen algunas dudas respecto al proyecto de Joan Peñarroya. Durante su primera temporada apenas hemos visto una apuesta decidida por los jóvenes de la cantera o por jugadores balcánicos en formación. Cuando han tenido minutos, en muchas ocasiones han llegado únicamente para cumplir funciones defensivas o proteger ventajas, sin continuidad suficiente para acelerar su desarrollo.

Quizá las circunstancias de una temporada tan convulsa no permitían asumir ese riesgo. Es una explicación perfectamente válida. Sin embargo, si el Partizan quiere construir un proyecto sostenible a medio plazo, recuperar esa filosofía debería volver a formar parte de su hoja de ruta.

Porque el Partizan nunca ha sido un club cualquiera.

Ha sido una escuela.

Un lugar donde los jóvenes aprendían a competir antes incluso de aprender a ganar.

Y probablemente sea esa identidad, mucho más que cualquier fichaje, la que termine marcando el éxito del nuevo proyecto.

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