Un partido más en el que se evidenció la rotura total del Partizan. Un equipo sin alma, abucheado por su afición, y un presidente —Ostoja Mijailović— cuya continuidad pende de un hilo.
Es difícil ver ahora mismo a un equipo jugar peor en la Euroliga. Se ha llegado a un punto en el que lo deportivo ha pasado a un segundo plano. La tensión entre la grada y la dirección del club es tan extrema que, si nos ceñimos únicamente al análisis del partido, poco más puede decirse: el Maccabi pasó por encima de un Partizan que solo compitió el primer cuarto, liderado por un gran Lonnie Walker.
Por parte de los locales, lo más destacable fue el debut de Cameron Payne, autor de 15 puntos y, con diferencia, el mejor de los de la ciudad blanca. Joan Peñarroya apostó de inicio por Payne junto a un Osetkowski al que por fin vimos en el puesto de cuatro, su posición natural, en detrimento de un Jabari Parker que volvió a sumar otro encuentro con cero minutos disputados.
La situación de Jabari es, como mínimo, inquietante. No hace falta ser un experto para saber que su rendimiento defensivo es pobre, pero —a excepción de Bonga, Lakić y Marinković— no hay prácticamente nadie que defienda en este equipo. Su calidad individual en ataque no parece ser argumento suficiente para tener minutos, lo que hace pensar en algún problema extradeportivo o de conducta dentro del vestuario. Y no se trata de una decisión exclusiva de Peñarroya: ya con Ocokoljić había sido apartado en los últimos encuentros.
En lo estrictamente deportivo, a partir del segundo cuarto no solo quedó clara la superioridad del Maccabi, sino también la falta de profesionalidad y actitud de varios jugadores del Partizan, incapaces de sacrificarse en defensa o mostrar el más mínimo orgullo. Al inicio de la segunda mitad la diferencia alcanzó los +36 puntos para los israelíes, que desde entonces bajaron el ritmo y permitieron a los locales maquillar el marcador.
El final dejó imágenes lamentables: la afición grobari insultando a varios jugadores, en especial a Tyrique Jones, quien lejos de bajar la cabeza respondió encarándose con la grada y echando más leña al fuego.
En rueda de prensa, Peñarroya —plenamente consciente del avispero al que acaba de llegar— pidió tres semanas para analizar la situación del equipo y encontrar respuestas. Tres semanas son una eternidad en una Euroliga que no espera a nadie. Si lo que se pretende es competir, quizá haya llegado el momento de apartar a ciertos jugadores, ya sea rescindiendo contratos o dejándolos fuera del banquillo en los partidos de casa.
La tensión es máxima y la deriva del club resulta cada vez más peligrosa. Harían falta más perfiles como Lakić y más oportunidades para jóvenes de la cantera dispuestos a dejarse la piel por este escudo. Mejor perder construyendo un futuro que seguir perdiendo con jugadores —sean o no americanos— que solo parecen preocupados por sus estadísticas y por cobrar salarios que no se corresponden con el trabajo que aportan al equipo.
La situación es ya insostenible. Y, lo que es peor, empieza a ser peligrosa.

