Hay historias de baloncesto que van mucho más allá de un resultado, un título o una temporada. La del Partizán de Fuenlabrada es una de ellas. Una historia que comenzó hace 35 años, en plena guerra de los Balcanes, cuando un joven equipo de Belgrado tuvo que abandonar su casa y encontró, a más de 2.000 kilómetros de distancia, un nuevo hogar en una ciudad que acabaría adoptándolo como propio.

En 1991, Yugoslavia se encontraba inmersa en una profunda crisis política y militar. La guerra empezaba a cambiarlo todo y el deporte tampoco quedó al margen. La FIBA decidió que los equipos yugoslavos no podían disputar sus partidos europeos como locales en sus propios pabellones. El Partizán necesitaba una nueva cancha y la encontró en Fuenlabrada, una ciudad al sur de Madrid que acababa de inaugurar el pabellón Fernando Martín. Gracias, entre otros, a Milenko Savović y al entonces alcalde José Quintana, el equipo serbio pudo instalarse temporalmente allí.
Así nació el llamado Partizán de Fuenlabrada.
Durante aquella temporada 1991-92, el Fernando Martín se convirtió en la casa europea de un equipo tremendamente joven. En la plantilla estaban jugadores como Sasha Đorđević, Predrag Danilović, Željko Rebrača, Nikola Lončar o Slaviša Koprivica, mientras que en el banquillo comenzaba a construir su leyenda un joven Željko Obradović. La edad media del equipo apenas superaba los 21 años.
Pero aquella temporada se jugaba en un contexto difícil de imaginar hoy. Mientras la guerra avanzaba en Yugoslavia, aquellos jugadores viajaban por Europa haciendo lo que mejor sabían hacer: jugar al baloncesto. Y quizá ahí estaba también la magia de aquel equipo. El baloncesto no podía cambiar lo que estaba sucediendo fuera, pero durante unas horas podía ofrecerles algo parecido a la normalidad.
Y Fuenlabrada hizo el resto.
La afición comenzó a identificarse con aquel equipo extranjero hasta hacerlo suyo. El Partizán ganó seis de los siete partidos europeos que disputó como local en el Fernando Martín y poco a poco aquella relación dejó de parecer algo temporal.
El equipo, además, comenzó a escribir una temporada extraordinaria. Tras superar la fase de grupos y eliminar a la Virtus de Bolonia en cuartos de final, llegó a la Final Four de Estambul. En semifinales esperaba el poderoso Philips Milán, pero el Partizán volvió a sorprender: 82-75 y a la final.
Allí esperaba el Joventut de Badalona.
El 16 de abril de 1992, en el Abdi İpekçi Arena, el equipo de Obradović disputó una final que todavía forma parte de la memoria del baloncesto europeo. Danilović fue el máximo anotador del Partizán con 25 puntos y acabaría siendo elegido MVP de la Final Four. Pero el momento que todo el mundo recuerda llegó en los últimos segundos.
El Joventut ganaba 70-68.
El Partizán tenía una última posesión.
El balón llegó a Sasha Đorđević.
Y el resto es historia.
Triple sobre la bocina.
71-70.
Partizán campeón de Europa.
Aquel lanzamiento convirtió a Đorđević en leyenda y abrió la extraordinaria carrera de Obradović como entrenador. Pero aquel título también quedó ligado para siempre a Fuenlabrada. Porque la ciudad no fue simplemente el lugar donde el Partizán pudo jugar sus partidos europeos. Fue el sitio que lo acogió cuando tuvo que marcharse de casa.
Y quizá eso es lo que hace que esta historia siga siendo tan especial 35 años después.
Porque el baloncesto también es cultura. Son los jugadores y los títulos, sí, pero también las ciudades, las personas, los pabellones y los vínculos que se crean alrededor de una cancha. A veces un equipo llega a una ciudad por necesidad y termina dejando allí una parte de su historia.
Y ahora, tres décadas después, aquella historia vuelve a cobrar vida.
El Baloncesto Fuenlabrada pasará a denominarse Partizán de Fuenlabrada, recuperando oficialmente aquel nombre que nació durante aquella inolvidable temporada de 1991-92.
El círculo se cierra.
El equipo que un día encontró una casa en Fuenlabrada dejó allí una huella que nunca desapareció.
Y ahora, de alguna manera, vuelve a casa.