Había pasado demasiado tiempo sin que el Grupo Ureta Tizona Burgos pudiera celebrar una victoria. Ocho derrotas consecutivas, semanas de dudas y un equipo cada vez más presionado por la clasificación habían convertido el duelo ante el Grupo Alega Cantabria en algo más que un partido. Era una oportunidad para cambiar la inercia, para recuperar sensaciones y, sobre todo, para volver a creer. Y lo hizo de la manera más significativa posible: sufriendo, resistiendo y remontando (86-77) en un último cuarto que desató la euforia en El Plantío.
El ambiente ya anticipaba la importancia del choque. La grada empujó desde el inicio, consciente de que el equipo necesitaba algo más que baloncesto: necesitaba energía, confianza y un punto de apoyo emocional. Sobre la pista, esa tensión se tradujo en un arranque eléctrico, con dos equipos dispuestos a imponer ritmo y a no conceder ventajas fáciles.

El primer cuarto fue un reflejo de esa igualdad. Intercambio constante de golpes, transiciones rápidas y hasta media docena de alternancias en el marcador marcaron un inicio vibrante. Marquis Jackson inauguró el marcador y pronto se vio que el partido no iba a tener dueño claro. El Alega Cantabria respondía con fluidez ofensiva, encontrando buenas situaciones de tiro, mientras que el Tizona se sostenía gracias a su acierto exterior y a la aportación coral. En los últimos instantes del cuarto, dos triples consecutivos permitieron a los burgaleses cerrar con una ligera ventaja (27-25), mínima pero significativa en un contexto de máxima igualdad.
Lejos de romperse, el encuentro mantuvo el pulso competitivo en el segundo cuarto, aunque con un matiz importante: el conjunto cántabro comenzó a sentirse más cómodo. Supo leer mejor las debilidades defensivas del Tizona, castigando los desajustes y aprovechando cada pequeño error. La circulación de balón visitante fue más fluida, y poco a poco fue inclinando el partido a su favor. El Tizona, por su parte, entró en fases de cierta irregularidad, alternando buenos momentos con desconexiones que permitieron al rival tomar ventaja. Así, al descanso, el marcador reflejaba un 46-50 que premiaba la mayor consistencia del Alega Cantabria.
Tras el paso por vestuarios, el escenario se complicó aún más para los locales. El tercer cuarto comenzó con un Alega decidido a romper el partido. Su acierto ofensivo se mantuvo alto y su confianza creció, mientras que el Tizona parecía bloqueado, incapaz de encontrar soluciones claras. La diferencia fue aumentando hasta alcanzar los doce puntos (55-67), una renta que empezaba a parecer definitiva y que hacía temer una nueva noche amarga en El Plantío.
Pero si algo tuvo el equipo burgalés en este partido fue orgullo. Cuando el partido parecía escaparse, emergió una reacción basada, sobre todo, en la defensa. El Tizona subió líneas, incrementó la intensidad y empezó a incomodar cada posesión visitante. El Alega, que hasta entonces había jugado con soltura, comenzó a perder fluidez. Cada recuperación, cada rebote, cada acción defensiva se celebraba como una canasta. Y poco a poco, casi sin hacer ruido, la diferencia comenzó a reducirse.
El empuje de la grada fue clave en ese momento. El Plantío se convirtió en un factor diferencial, empujando a los suyos en cada acción y transmitiendo la sensación de que la remontada era posible. El Tizona aprovechó esa inercia para cerrar el tercer cuarto con un esperanzador 66-69. Tres puntos de desventaja y diez minutos por delante. Todo por decidir.
Y fue entonces cuando llegó el punto de inflexión definitivo.
El último cuarto fue, sencillamente, el mejor del Tizona en mucho tiempo. El equipo dio un paso adelante en todos los aspectos del juego. Defensivamente, rozó la excelencia: cerró espacios, dificultó los tiros y obligó al Alega a jugar incómodo, sin ritmo ni claridad. Ofensivamente, encontró soluciones con mayor paciencia y acierto, seleccionando mejor sus tiros y aprovechando los momentos clave.
El conjunto cántabro, por el contrario, se fue diluyendo. Lo que durante tres cuartos había sido solidez y control se transformó en dudas. El aro se cerró, las pérdidas aumentaron y la confianza desapareció en el momento más delicado. El parcial del último cuarto (20-8) refleja con claridad ese cambio de guion: de dominador a superado en cuestión de minutos.
Jugadores como Jan Zidek, máximo anotador del partido con 20 puntos, asumieron responsabilidades en los momentos calientes. A su lado, Félix Terins y Marquis Jackson aportaron energía, intensidad y acierto cuando más lo necesitaba el equipo. Cada canasta local acercaba un poco más la victoria y hacía crecer la sensación de inevitabilidad en la remontada.
En el bando visitante, Reginald Johnson Jr. fue el referente ofensivo durante gran parte del encuentro, pero se quedó sin respaldo en el tramo decisivo. El Alega Cantabria compitió durante más de treinta minutos a gran nivel, pero no supo sostener ese rendimiento cuando el partido entró en su fase más exigente.
El pitido final certificó algo más que una victoria. Fue una liberación. Jugadores, cuerpo técnico y afición celebraron un triunfo que rompe la dinámica negativa y devuelve al equipo a la pelea. Porque más allá del 86-77, el Tizona recuperó algo fundamental: la confianza en sí mismo.
En una temporada marcada por la irregularidad, este partido puede suponer un punto de inflexión. No solo por el resultado, sino por la manera de conseguirlo. El Tizona demostró que tiene carácter, que sabe sufrir y que es capaz de levantarse cuando está contra las cuerdas. Y en el tramo final de curso, esas cualidades pueden marcar la diferencia.
El Plantío volvió a sonreír. Y con él, un Tizona que, por fin, vuelve a respirar.