
Al comenzar la presente temporada fui testigo de una situación que, más allá del deporte, reveló un profundo dilema sobre el liderazgo. La escena se desarrolló en el cotidiano marco de un partido de baloncesto del equipo en el que juega mi hija. Durante el transcurso del mismo, se produjo de forma repetitiva y recurrente una situación ajena pero muy familiar a la vez. El asunto en cuestión es que los aficionados y familiares allí reunidos, asistimos a un partido donde la verdadera contienda se libró más en la zona técnica del equipo de mi hija que no en la pista de juego. En la línea de banda, el entrenador estuvo todo el encuentro intentando imponer su estrategia envuelto en gritos y aspavientos. Era la viva personificación del estímulo inmediato y la exigencia medida en decibelios.
Al finalizar el partido, el cuál se había ganado y, mientras hacíamos tiempo a la espera de que nuestras hijas salieran del vestuario para irnos a casa, fue cuando otro padre del equipo se me acercó con sus ojos brillando llenos de admiración y realizó un comentario que rompió el silencio dando inicio una casual reflexión: “Este año tienen un entrenador cañero, uno con carácter que me han dicho que es muy bueno y que les exigirá al máximo. La temporada va ir bien seguro!!”.
Mi reacción interna fue instintiva: silencio y prudencia. Adopté un lenguaje gestual de escucha activa para evitar la incomodidad de ser juzgado como soberbio ante una respuesta discrepante técnicamente razonada.
Hay momentos en que la cautela es la mejor aliada para evitar un conflicto estéril y éste era uno de ellos. La discreción me pareció una sabia compañera de viaje. La voz de mi madre susurraba en mi interior: «El que habla poco rara vez se equivoca pero, además, tiene la ventaja de la perspectiva.»
Sin embargo, más padres se incorporaron a nuestro círculo haciendo que el debate floreciese alrededor. A medida que reafirmaban sus convicciones sobre el eficaz desempeño del entrenador del equipo , mi espíritu rebelde se encendió. Mientras mi voz interior me pedía calma y perspectiva, mi corazón clamaba por intervenir, no para juzgar al entrenador, sino para cuestionar el paradigma que representa:
- ¿Por qué mantenemos viva la obsoleta creencia de que un entrenador con la voz alzada es una gran medida de la exigencia, la dureza y la eficacia genuina?
- ¿Por qué el deporte sigue anclado en la idea de que el miedo y la intimidación son herramientas válidas para forjar la disciplina verdadera?
- ¿Qué poder es superior: el que se ejerce al seguir un plan por convicción y adhesión personal, o el que se ejecuta por el temor a la represalia?
- ¿Qué cimiento es más sólido y duradero: el liderazgo que se impone por autoridad, o el que se gana por credibilidad e inspiración?
- ¿Acaso la ansiedad es una fuente de motivación? ¿Cómo puede un jugador alcanzar la plenitud de su concentración cuando su mente es interrumpida por un flujo constante de indicaciones desde el exterior?
- ¿Estaban midiendo la valía de un formador por el volumen de su voz y no por la riqueza de su metodología?
- ¿Se puede asegurar que quien elige la calma exige menos? ¿La suavidad en el tono es sinónimo de debilidad en el propósito?
- Si un entrenador acostumbra a su equipo al grito, al reproche y a la cólera como forma habitual de interacción, ¿con qué recurso contará el día que necesite activar una reacción extraordinaria de sus pupilos?
- ¿Se puede construir resiliencia duradera en jóvenes cuyo único motor es el miedo a la reacción airada del formador?
- Esos técnicos vociferantes y autoritarios, ¿dirigen así por una convicción profunda, por una incapacidad de articularse de otro modo, o por la comodidad de imponer su idea sin réplica que les menoscabe la sensación de control? ¿Gozan de una autoestima robusta? ¿Comprenden el concepto de delegación o la idea de responsabilidad compartida?
- ¿Qué legado deja un liderazgo que se basa en la intensidad del momento y no en la solidez de la convicción?
- ¿Qué estrategia genera mayor sostenibilidad: la que se impone por el grito o la que se asume por la empatía y el entendimiento compartido?
Hubiera cuestionado a esos padres si preferirían que a ellos o a sus hijas se les transmitiesen las directrices de forma clara, constructiva, positiva, privada, educada y respetuosa, o, por el contrario, a través de reproches vociferados faltosos y continuos en un ejercicio de escarnio público.

La empatía es el primer pilar de la visión a largo plazo. Un líder que solo impone genera obediencia pasajera; uno que comprende, forja discípulos.
El método del estruendo revela su endeblez en la selectividad: voz baja con los jugadores clave y, sin embargo, elevada, a menudo con un tono lamentablemente irrespetuoso, hacia los jóvenes o los menos dotados. Esta asimetría es la antítesis de la justicia y la base de un liderazgo frágil. Un estratega que no es capaz de tratar a todos sus pupilos con el mismo respeto incondicional está construyendo sobre arena.
Esta demostración de valentía selectiva genera un desequilibrio agraviante que irá erosionando progresivamente la moral del grupo abriendo la puerta a la entrada de problemas latentes en el futuro.
Arquitectos del Liderazgo
La reflexión generada esa tarde me impulsó a meditar sobre la arquitectura del buen liderazgo, no solo en la búsqueda de resultados, sino en la elevación del espíritu humano. Voy a exponer alguna de las conclusiones a las que llegué:
1. La sociedad busca modelos, y el deporte no es inmune a ello. Los más laureados ejercen gran influencia. Sin embargo, hay que recordar que un palmarés brillante no siempre equivale a un liderazgo íntegro. El público, a menudo fascinado por el éxito visible, encumbra al poseedor del trofeo. Esto es comprensible. Sin embargo, lo que se debería cultivar es una cultura donde los propios profesionales honren métodos que elevan el espíritu humano, en lugar de someterlo.
2. ¿Cuántas veces hemos escuchado el mantra: “Este equipo necesita mano dura para rendir”? Y digo yo: ¿De verdad que el ser humano ofrece su mejor versión bajo el yugo del miedo y la toxicidad? La respuesta es un rotundo No. El líder que aspira a la trascendencia debe responder con la certeza de que solo la motivación y la seguridad liberan el potencial pleno.

3. Mi propia experiencia, tanto como jugador como entrenador, siempre se cimentó en la máxima de la reciprocidad: «No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti.» Este principio es el corazón de la empatía aplicada. Este valor universal, aplicado al deporte, es el inicio de un cambio profundo. Mi experiencia me ha enseñado que un líder debe ser un ejercicio constante de empatía, preguntándose: «Si yo fuera el jugador, ¿qué forma de ser tratado me alentaría a intentar dar lo máximo de mí mismo?» Tengo el convencimiento absoluto de que las personas ofrecen su mejor versión desde la motivación intrínseca, la calma y la admiración por modelos constructivos. Esta es una senda abierta para todos.
4. Con el tiempo he aprendido que la habilidad maestra del entrenador no es el conocimiento técnico-táctico, sino la capacidad de Liderar y Gestionar. El más profundo saber táctico es inútil si no puede ser transmitido con claridad y convicción. Y el más avezado conocimiento técnico se convierte en oro puro solo si se puede transmitir a través de un canal de confianza inquebrantable.
5. Liderar y Gestionar de forma virtuosa son los dos pilares que permiten al equipo, no solo alcanzar sus objetivos, sino mejorar humanamente en el proceso. Pongo énfasis en la “forma virtuosa”, pues el método es la clave. No existe una única fórmula mágica. La grandeza reside en la flexibilidad y en desarrollar una sensibilidad creativa para tomar lo mejor de cada estilo y adaptarlo a la circunstancia de cada equipo.
6. El entrenador debe ser un arquitecto de relaciones y un constructor de puentes. Su misión debe ser edificar relaciones de confianza, entender las necesidades y tocar la tecla correcta del potencial de cada persona. Los verdaderos líderes no son los que más ganan, sino los que consiguen liberar la mejor versión de sus jugadores. El arte no está en la pizarra, sino en la gestión magistral del ser humano. Todo ello conforma un reto tan apasionante como complejo.
7. Los entrenadores más exitosos son aquellos que logran desbloquear la mejor versión de sus jugadores mediante la conexión emocional. No son los que imponen, sino los que convencen. Imponer puede dar un resultado efímero, pero desgasta el alma del equipo y genera un coste insostenible a largo plazo.
8. No existe una fórmula mágica, una pócima alquímica que responda a las demandas de la gestión de equipos. Cada vestuario es un micromundo con vida propia. Cada temporada es un lienzo nuevo y cada equipo es distinto. Incluso nosotros mismos evolucionamos…..
9. Ni siquiera considero que deba gestionarse un mismo equipo de forma idéntica de un año a otro, pues los detalles sutiles habrán transformado a sus integrantes. Sí debe haber, claro está, unas pautas que definan un estilo, pero estas deben estar siempre sujetas a la flexibilidad del contexto.
Debemos buscar la claridad en nuestro proceso y si lo logramos con sencillez inspiradora, el impacto será mayor. ¿Cómo se halla esta claridad? Haciéndonos las preguntas correctas cuyas respuestas se convierten en nuestras herramientas de transformación. El entrenador debe ser un buscador de verdades y un faro de luz en la incertidumbre.
En resumen: ¿qué es preferible, el Grito del Miedo o el Silencio de la Convicción?




