
Hay algo que como entrenador siempre me ha inquietado. No ocurre en la pista, ni en el vestuario. No tiene que ver con sistemas, ni con técnica individual, ni con intensidad defensiva. Ocurre en un lugar mucho más profundo y, a la vez, más invisible.…ocurre en casa. Ese lugar donde se forjan las conversaciones que, sin querer, pueden marcar el futuro deportivo y emocional de un niño. A veces me pregunto si somos conscientes del poder que tienen esas palabras que lanzamos en la sobremesa, en el coche de vuelta, en el pasillo del pabellón cuando creemos que nadie escucha. Palabras que pueden iluminar… o encender una sombra que acompañará al niño durante años.
¿Alguna vez nos hemos preguntado qué queremos realmente cuando nuestros hijos compiten? ¿Que gane su equipo… o que brillen ellos? Seamos sinceros: la mayoría queremos que brillen ellos. Y no pasa nada por reconocerlo. La respuesta suele doler porque nos revela algo incómodo: la mayoría queremos que brillen nuestros hijos. No por ego, sino porque los amamos con una intensidad que a veces nos nubla el juicio. Y reconocerlo no nos hace peores padres, nos hace humanos.
Lo vemos cada fin de semana, en cada pabellón, en cada grada. Lo vemos en los ojos de los padres cuando miran el marcador, cuando miran el banquillo, cuando miran a su hijo.

La épica del coche de vuelta
Ese trayecto, aparentemente inocente, es en realidad uno de los escenarios más decisivos en la formación de un jugador. Ahí se construyen certezas. Ahí se implantan dudas. Ahí se decide cómo se relacionará un niño con el deporte… y consigo mismo.
Imaginemos estas dos situaciones muy comunes en los trayectos de regreso en los coches:
- Si nuestro hijo juega un partidazo: mete puntos, defiende, corre, etc.. en definitiva, hace todo lo que creemos que debe hacer pero el equipo pierde, el viaje de vuelta es puro optimismo y el coche se llena de luz:
Papás: ¡Menudo partidazo, Juan! Has jugado genial. Lástima que tus compañeros no te acompañaran. Si “fulanito” o “menganito” no hubieran hecho esto, habríais ganado. ¡Tú hiciste lo que debías!
El niño sonríe. Le crece el pecho. Pero algo empieza a romperse: la idea de equipo. Sin querer, le enseñamos que él es el héroe y los demás, un lastre.
- El equipo gana. Buen partido colectivo. Nuestro hijo juega poco sin una causa aparentemente
objetiva (no ha faltado a entrenar, etc.), no ha destacado o no ha estado acertado. La conversación
cambia y, entonces, llega la tormenta:
Papás: ¡Menudo desastre! Venir para esto no merece la pena. Habrá que hablar con el entrenador. No entiendo por qué “fulanito” juega y tú no. ¡Es injusto!
Y ahí, sin darnos cuenta, sembramos un veneno silencioso: la idea de que el mundo está en contra del niño, que el entrenador es su enemigo, que el equipo es secundario, que su valor depende del tiempo que juega y de los puntos que mete.
¿Os suena? ¿Estáis familizarizados con estas dos posiciones tan polarizadas? Estas charlas o similares se repiten una y otra vez cada fin de semana en miles de coches. Y una de las peores cosas es que el equipo desaparece del análisis. Todo gira en torno a “mi hijo”.
Sin darnos cuenta, sin quererlo, sin mala intención y sin cálculo de las consecuencias de nuestras palabras, sembramos frustración, victimismo y ego. Un daño enorme que puede condicionar su relación con el deporte para siempre. Un daño, que si no se corrige, puede acompañar al niño toda su vida deportiva. He visto jugadores talentosos que abandonaron el baloncesto porque nunca lograron desprenderse de ese mensaje: “Si no brillo yo, nada merece la pena.”
Y en esa cegadora devoción olvidamos una verdad esencial a inculcar: el baloncesto es un juego colectivo… o no es baloncesto. El baloncesto no entiende de iluminaciones individuales. El baloncesto es un canto coral. Y quien no aprende a ser parte de ese canto, sufre.
Así pues, ¿Qué se puede hacer? No existen varitas mágicas, pero sí caminos más sanos. Los clubes deberían tratar este tema tan delicado con la importancia que se merece en las reuniones de inicio de temporada, en charlas con las familias o en espacios donde se pueda hablar sin culpas ni juicios.
Porque educar a las familias sobre cómo afrontar la competición es tan importante como enseñar a botar un balón. Porque el comportamiento en casa influye en la dinámica del equipo más de lo que imaginamos. El mensaje de casa no es un detalle secundario: es uno de los pilares emocionales de un equipo.
Un padre bien intencionado puede sostener a su hijo durante años. Un padre desorientado puede sabotearlo sin querer. Aconsejar bien no significa opinar más y hablar mucho. Significa saber cuándo callar, cuándo animar y, sobre todo, cuándo confiar en el proceso. Significa cuándo decir: “No pasa nada, hijo. Hoy has sido parte de algo grande.” Aconsejar bien es acompañar en el crecimiento, no exigir resultados. Es recordar que el deporte es un camino y no un examen. Es enseñar que el valor de un jugador no se mide en puntos, sino en compromiso.
El baloncesto es mucho más que puntos y victorias. Es mucho más que ganar o perder. Es aprender a ser parte de algo más grande que uno mismo. Aprender a pertenecer, a compartir. A equivocarse sin derrumbarse. No dejemos que el mensaje de casa se convierta en el enemigo silencioso que rompe ese aprendizaje. Nuestros hijos merecen un refugio, no un tribunal. Merecen un hogar que les permita fallar sin miedo y crecer sin presión.
El mensaje de casa debe ser un aliado, una luz y un impulso. Porque ahí, en ese equilibrio tan íntimo y tan frágil, se forja la verdadera épica del deporte formativo: la épica de criar no estrellas, sino personas.




