El Partizan selló su primera victoria tras la salida de Željko Obradović en un partido marcado por un ambiente que pocas veces se ha vivido en la Beogradska Arena. Desde el calentamiento quedó claro que aquella noche no iba de baloncesto.

El mensaje “Todos somos Željko” cubrió el pabellón desde el primer minuto, acompañado de unos cánticos “Obradović Željko” que no cesaron. La afición, herida y contrariada, dejó claro que lo último que le importaba era el resultado. Para ellos, Obradović es demasiado grande como para asumir su marcha… o peor aún, para aceptar que ha sido empujado a irse. Y en ese segundo escenario, el más doloroso, apuntaron directamente al presidente y a los jugadores.

Apenas saltó el Partizan al parquet, los pitos retumbaron. Se mantuvieron durante gran parte del encuentro, solo interrumpidos por silencios tensos que hacían el ambiente aún más extraño. El equipo lo acusó desde el inicio: el Bayern salió más concentrado, imponiendo su ritmo ante un Partizan que jugaba entre abucheos, indiferencia y un silencio demoledor cuando atacaba el conjunto alemán. Cada acción positiva de Washington, y especialmente de Tyrique Jones, era recibida con más silbidos que aplausos. Por momentos, parecía que era la grada quien marcaba el tempo del partido.

El nivel del segundo cuarto fue pobre por parte de ambos equipos, pero especialmente del Bayern, que no supo aprovechar la situación emocional del rival. En toda la primera parte, los únicos jugadores que recibieron algún aplauso fueron Pokusevski, tras retirarse lesionado, y Isaac Bonga, siempre valorado por su sacrificio y esfuerzo.

La segunda mitad, sin embargo, empezó a cambiar el guion. Sobre todo en los últimos minutos del tercer cuarto, las acciones espectaculares de Carlik Jones Washington, que terminaría el partido con un PIR de 29, se volvieron difíciles de ignorar incluso para la afición más enfadada. Tyrique Jones firmó una actuación sobresaliente en ambos lados de la pista, 21 puntos y 10 rebotes, mientras Nick Calathes asumía el liderazgo en la dirección del equipo.

Ya en el último cuarto, con un Bayern muy lejos del nivel mínimo exigido, el Partizan solo tuvo que mantener la ventaja hasta el final.

Pero la victoria no cambió el clima general: escepticismo, gradas que se vaciaban rápido y la sensación —muy clara— de que estos jugadores serán señalados cada noche si no lo dan absolutamente todo.

La era post-Obradović no ha hecho más que comenzar. Queda por ver cómo el presidente Ostoja Mijailović, hoy más cuestionado que nunca, será capaz de gestionar un club que arde por dentro.