Partido de la decimoséptima jornada de la Euroliga disputado en el Zalgirio Arena entre el Zalgiris Kaunas y el Partizan de Belgrado, en un encuentro que terminó siendo una exhibición absoluta del conjunto lituano y una humillación para el proyecto serbio, cada vez más tocado.

Si algo define a la Euroliga es su nivel competitivo: partidos exigentes, márgenes ajustados y equipos que, como mínimo, compiten durante gran parte de los cuarenta minutos. Nada de eso ocurrió con el Partizan. El equipo de Mirko Ocokoljić fue capaz de sostenerse en el partido apenas durante los primeros ocho minutos. A partir de ahí, fue completamente superado en todas y cada una de las facetas del juego.

Una cosa es tener una mala noche o enfrentarte a un rival inspirado. Otra muy distinta es no competir. Y eso fue exactamente lo que sucedió. El Zalgiris fue una auténtica trituradora: cinco jugadores por encima de los diez puntos, once de los doce hombres de Tomas Masiulis anotando, dominio total del ritmo, del espacio y del carácter del partido.

Destacó, como suele ser habitual, Sylvain Francisco, máximo anotador con 22 puntos, deleitando al público de Kaunas con acciones de enorme talento. A su lado, la versatilidad de Ignas Brazdeikis (15 puntos) y el impacto demoledor de Moses Wright, que en apenas 23 minutos firmó 27 de valoración, anulando por completo cualquier intento de respuesta interior del Partizan. Ni siquiera la actuación de Bruno Fernando, el más valorado de los serbios, sirvió para maquillar el desastre.

Las individualidades de Duane Washington (17 puntos) y Sterling Brown (12) llegaron con el partido absolutamente roto, cuando la diferencia ya superaba los 40 puntos. Canastas vacías, sin impacto real, en una de las derrotas más abultadas de la historia reciente de la Euroliga.

Las estadísticas reflejan con crudeza lo ocurrido. El rebote fue una sangría: +23 para el Zalgiris, una cifra que resume la falta de actitud, energía y profesionalidad del Partizan. El equipo fue incapaz de igualar la dureza mínima que exige esta competición. Por momentos, ver a jugadores como Nick Calathes o Isaac Bonga formando parte de semejante naufragio resultó casi doloroso.

Cuando Zeljko Obradović se marchó, quedó claro que el equipo —y el club— estaban rotos. Las victorias en casa y el triunfo ante la Estrella Roja no fueron más que una cortina de humo. Bastó salir de Belgrado, viajar a Kaunas y pisar el Zalgirio Arena para que el Partizan se congelara. Literalmente.

El Báltico fue testigo de algo más que una derrota. Fue la confirmación de un proyecto sin alma, sin identidad y, lo más preocupante, sin capacidad de reacción.