
Hay despedidas que no caben en una nota de prensa, y la de Guille Colom es una de ellas. Cuando ayer leí que lo dejaba, no pensé en sus números ni en sus equipos ni en las temporadas que fue sumando por el mapa del baloncesto modesto, sino en un pabellón: el Joan Alay, ese rincón donde la cantera andorrana aprende a botar antes incluso de saber soñar, y donde un día hubo un niño que botaba más fuerte que nadie porque tenía prisa por llegar a algún sitio. A ese niño le costó toda una vida llegar, pero llegó.
La historia de los Colom es, en realidad, dos historias que conviene contar juntas. La de Quino, el hermano mayor, es la de los grandes titulares: el chaval que a los catorce hace las maletas, se marcha de casa, conquista la ACB, juega en Rusia, en Turquía, en Grecia, y termina vistiendo la camiseta de España para ganar un Mundial. Es la épica de irse, la de quien mira el horizonte y entiende que su techo está lejos de casa. La de Guille es la otra, la menos contada y, para muchos de los que seguimos este deporte desde la grada, la más nuestra, porque Guille es el que se quedó cerca, el que no tuvo un Mundial esperándole ni una carrera de foco continuo ni los focos que se encienden solos cuando un apellido pesa. Tuvo que ganarse cada minuto en pabellones donde el eco se oye más que el público, en categorías que no salen por la tele, en proyectos donde un veterano vale tanto por lo que enseña como por lo que anota; y aun así hizo algo que muy poca gente puede contar: volvió a casa y se puso al frente.
Porque ser capitán del primer equipo del Andorra no es un dato más de una ficha, sino una frase entera. Significa que el niño que aprendió a tirar en el Joan Alay terminó vistiendo la camiseta del club de su tierra en la mejor liga del continente, y que sus propios compañeros —profesionales hechos, algunos con currículums más brillantes— miraron a su alrededor y decidieron que el que tenía que llevar la voz era él. Eso no se hereda ni se compra ni se regala por apellido, sino que se gana a base de vestuario, de horas, de ser el primero en llegar y el último en quejarse, porque el capitán no siempre es el que más juega sino el que sostiene, y Guille sostuvo a su club desde el sitio más difícil de todos, el de quien representa a toda una cantera y a todo un país pequeño que mira a su equipo como se mira a una bandera.
Sé que muchos pensaréis, como yo, que mereció más arriba, que con otro contexto, otra coyuntura y otra suerte de calendario y de oportunidades su techo en la ACB habría sido más alto y más largo, y probablemente sea verdad. Pero quiero contarlo sin una gota de lástima, porque la lástima sería injusta con él y porque no todas las carreras se miden en minutos jugados: algunas se miden en lo que dejan, y la suya deja una línea que ningún anotador podrá igualar nunca, la de haber recorrido el camino completo, desde el primer balón en el Joan Alay hasta pedir la última posesión como capitán de los suyos.
Y aquí dejo de hablar del jugador para hablar de la persona, porque a Guille tengo la suerte de conocerlo un poco, y de él me quedo con algo que no aparece en ninguna estadística: la sonrisa. Siempre que lo veía, hubiera el partido que hubiera y viniera de donde viniera, tenía una sonrisa para mí, de las de verdad, de las que no se fingen. Lo más bonito es cómo terminó su última etapa, porque Guille quitó los focos por voluntad propia para irse a Zaragoza, su otra casa, y allí hizo lo que mejor sabe hacer, que es sostener: primero salvó al equipo del descenso en la liga EBA cuando todo apuntaba para abajo, y al año siguiente lo subió, ascenso a Segunda FEB, un campeón del baloncesto andorrano y ex-ACB peleando cada balón en categorías que no salen por la tele, no por contrato ni por foco sino porque es lo que hace la gente que ama esto de verdad. Esa carrera, la de bajar a salvar y quedarse a ganar, dice más de él que cualquier minuto que jugara arriba. Por eso, este año, ya con el equipo en Segunda FEB, cuando coincidimos en los pabellones de Llíria y de Benicarló, allí estaba el mismo de siempre, sin distancias ni poses ni el aire de quien ha jugado en la mejor liga de Europa, esperándome para darme un abrazo; y un abrazo de un tipo así, a esas alturas de carrera y en un pabellón cualquiera de Segunda FEB, vale más que muchos titulares, porque dice quién es de verdad cuando ya nadie le mira.
En un baloncesto que cada vez premia más el talento que pasa de largo —el chaval que aterriza, brilla una temporada y se va—, Guille Colom representa justamente lo contrario, la pertenencia, esa idea casi en extinción de que un club es algo más que doce contratos y de que la cantera no es una cantera de jugadores sino de personas que un día pueden volver a casa convertidas en referencia. Para un país tan pequeño como Andorra, donde el baloncesto profesional es una proeza colectiva sostenida contra todo pronóstico, tener a uno de los tuyos liderando el primer equipo no es solo deportivo sino identitario, una manera de decirle a cada niño que hoy bota en el Joan Alay que el camino existe, que no es un cuento, que un día alguien lo hizo de verdad y se llamaba como su pueblo. Y no lo hizo solo, porque Guille es símbolo de un país junto a su fiel escudero, Cinto «Toi» Gabriel, dos nombres que el aficionado andorrano pronuncia casi como uno porque juntos firmaron los éxitos que pusieron a Andorra en el mapa del baloncesto; cuando un país pequeño consigue cosas grandes siempre hay un par de tipos de la casa empujando desde dentro, sin ruido, sosteniéndolo todo, y ellos fueron esos tipos, así que esta despedida no es solo la de un jugador sino la de media historia de una generación.
Por eso esto no es una despedida triste sino un agradecimiento: gracias por demostrar que la épica también vive en las carreras que no salen en los recopilatorios, gracias por defender una camiseta con el peso de quien sabe lo que cuesta vestirla, y gracias por ser, para tantos aficionados, la prueba de que no hace falta ganar un Mundial para dejar huella, porque a veces basta con quedarse, con sostener y con liderar desde casa. El balón sigue botando en el Joan Alay, lo siguen botando niños que todavía no saben que lo imposible se puede hacer porque ya alguien de los suyos lo hizo, y tú fuiste esa prueba, Guille, y eso no se retira nunca. Que te vaya bonito en lo que venga; aquí, en la grada, te seguiremos contando.




