Cuando una hija adolescente le escribe a su padre ex-jugador una carta para expresar de forma tan sentida, honesta y clara sobre cómo vive la frustración de no alcanzar las expectativas que cree que tiene de ella, es el momento de detenerse y reflexionar de cómo estamos acompañando a nuestros hijos en este delicado proceso:

Carta de una hija a su padre:

Papá,

Supongo que te lo imaginas pero necesito decirte que crecí admirándote. Desde pequeña el deporte no fue algo que elegí sino que resultó ser el aire que respirábamos en casa. Desde el primer día tú fuiste mi referente. Quería ser como tú, ponerme tu camiseta, heredar tu magia, tu juego y tu pasión. Entrenar contigo era mi forma de estar juntos y de decirte «te quiero».  

Ir a jugar contigo para aprender siempre ha sido inspirador y motivador. De hecho, esos momentos de entrenamiento personales siempre fueron lo más divertido de jugar a baloncesto. Siempre me hicieron sentir especial por establecer un vínculo que nadie más tiene contigo.

Con los años me fui enamorando progresivamente de este maravilloso deporte por todo lo que significaba y me aportaba. Sin embargo, desde un tiempo atrás he notado que, a medida que he ido mejorando y jugando a más nivel, el baloncesto ha dejado de ser un juego y se ha convertido en una lucha constante por estar a la altura de las expectativas ajenas. Especialmente la tuya aunque también la del resto de mis compañeras, entrenadores y rivales.

No sé en qué momento empecé a sentir que tu legado y mi deseo por devolverte lo que yo creía que tú esperabas de mi, comenzó a condicionar mi juego en la pista. Pero lo cierto es que, con el paso de los años, los partidos pasaron de ser una aventura a convertirse en exámenes.

Creo que tengo este sentimiento porque lo peor nunca han sido los gritos de los entrenadores, sino tus silencios, tus gestos de desaprobación y la sensación fracaso por no haberme convertido en la jugadora que tú creías que podía ser. Esos análisis críticos cuando las cosas no salían bien no han hecho más que generar en mi una sensación de insuficiencia y exigencia muy dañinas.

Papá, soy consciente de cuánto habéis sacrificado por mí. Los madrugones en mis etapas iniciales, el dinero en gasolina, en torneos, en equipaciones, en kilómetros, en desplazamientos a todos los rincones de la geografía, etc. Esas horas de espera eterna dentro de un coche a que finalizara mi entrenamiento….. mucho desgaste…

Y aquí es donde más me duele: siento que te he fallado. Y te pido disculpas por ello!! Ese nunca fue mi propósito. Más bien lo contrario. De hecho, cuando salto a la pista, no hay nada que más desee ver que tu mirada de orgullo y satisfacción por mi juego.

Sin embargo, por mucho que intento evitarlo y me digo a mí misma que me concentre, sigo saliendo a la pista a jugar con la presión de demostrar que no soy una inversión que te salió mal. Esa tensión me agarrota, me condiciona negativamente y me lleva a entrar en una espiral de desacierto y temor al error cada vez más profunda.  

Papá, estoy muy frustrada porque no consigo quitarme esa carga mental de deuda eterna, me bloqueo y no soy capaz de jugar como sólo tú y yo sabemos que puedo hacerlo. Cuando con me salen las cosas me invade un sentimiento de tristeza y decepción como si te estuviera fallando.

Tal vez no consigo quitarme esa sensación porque me atormenta la idea de pensar que veas mi trayectoria como una inversión sin retorno emocional. Mis ansias por querer agradar y devolverte todas las horas que me has dedicado me desbordan e impiden ser yo misma en la pista y no sé como solucionarlo.

Y, a pesar de que me lo has dicho en innumerables ocasiones, me cuesta encontrar la forma de salir a jugar con la tranquilidad de que si lo hago mal, que si me equivoco, que si mañana cuelgo las botas o que si nunca llego a ser lo que tú esperas que sea, levantaré la vista hacia la grada y veré en tus ojos el brillo de seguir siendo tu orgullo, simplemente por ser tu hija, y no por ser tu sucesora.

Te quiere tu hija,

Carta de respuesta del padre a su hija:

Hija mía,

Tus palabras me producen una profunda tristeza, no por lo que dices sino por lo que sientes. Lamento profundamente que estés pasando por esta situación emocional y quisiera reflexionar contigo sobre una serie de aspectos que no tienes claros y que tal vez te han apartado de lo realmente importante:

Me gustaría que cerraras los ojos y volvieras a aquél primer día en que el balón tocó tus manos. ¿Recuerdas? No había gradas, ni miradas, ni expectativas. Solo nosotros y el sonido del bote, como un latido que marcaba tu alegría. Ese instante y esa pureza es lo que siempre he querido para ti: que el baloncesto fuera tu refugio y tu espacio para volar y no una jaula que te aprisione.

Quisiera que recuerdes el brillo en los ojos, emoción y entusiasmo que tenía aquella preciosidad larguirucha de apenas 10 años por el hecho de probarse en su habitación la flamante equipación recién comprada del primer equipo en el que jugó.

Mi niña, cuando tengas momentos de dudas piensa en estas palabras:  

Te apunté a  baloncesto porque es un deporte tan maravilloso como difícil. Esa es su grandeza y ese siempre fue el motor que me ha impulsado al enseñártelo: que pudieras adquirir la mayor destreza posible para saborearlo al máximo. Nunca olvides que quien lo inventó, lo hizo para que pudiera ser disfrutado, no para sufrirlo por temor a equivocarse.

Me resulta especialmente doloroso ver que tu deseo de agradar te esté robando la oportunidad de disfrutar de la magia de este bellísimo deporte. Porque, hija mía, cuando juegas para agradar al resto antes que a tí misma, el baloncesto deja de ser placer para convertirse en carga.

Si alguna vez mis silencios pesaron más que mis palabras y si mis gestos te hicieron sentir que no eras suficiente, lo siento!!!  Te pido perdón desde lo más profundo de mi corazón. Nunca quise que tu básquet se convirtiera en una deuda ni que tu valor dependiera de tu acierto.

Nunca quise convertir cada error en una derrota sino en un maestro que te enseñara a crecer en la búsqueda de la plenitud. Los errores deberían dejar huellas nunca cicratices.

Necesito que sepas que todo lo que he hecho — los viajes interminables, las esperas en el coche, los madrugones, etc — lo hice por amor y porque te quiero incondicionalmente sin esperar nada a cambio.

Como padre que te quiere y se preocupa por tu felicidad, me frustra comprobar que, después de todos estos años, no he logrado que entiendas que lo importante no es demostrar nada a nadie sino disfrutar de todo lo que implica practicar este apasionante deporte.

Lo que más deseo y siempre he deseado es ver en tu rostro la felicidad de sentir cada partido como una aventura emocionante y no como una reválida. Sería increíble verte asumir con naturalidad el hecho de que habrá días mejores y peores pero que todo forma parte de lo realmente relevante: DISFRUTAR. El baloncesto es todo el conjunto y eso es lo que lo convierte en fascinante. Si siempre acertaras se convertiria en monótono, previsible y aburrido.

Lo realmente excitante y estimulante radica en entender que es imposible alcanzar la perfección y que cada error debe ser convertido en un escalón a superar en el camino hacia ella y no en una piedra que vaya acumulándose en la mochila que te acompaña. Cada canasta debe ser un regalo, no una obligación.

Preciosidad mía, jamás olvides que si fallas mil veces, si nunca llegas a donde soñabas o si decides colgar las botas y dedicarte a otra cosa, siempre seguirás siendo mi orgullo más grande. Nada podrá cambiar ese sentimiento por mucho que me veas enfadado después de un partido o entrenamiento. Porque has de entender de una vez por todas que mi mayor alegría no está en tus canastas y aciertos, sino en tu sonrisa cuando eres feliz.

Quisiera acabar diciéndote que cuando levantes la vista hacia la grada, quiero que veas en mis ojos lo que siempre estuvo ahí: orgullo, amor y admiración. No por ser perfecta, sino por ser tú. Porque para mí, lo más importante no está en verte acertar, sino en verte jugar con entusiasmo e ilusión.

Un besito,
Papá

Reflexión:

Querido lector, esta historia debería resonar como un eco eterno en nuestro interior: la mayor enseñanza que un padre puede ofrecer a su hija no es un consejo o un gesto técnico, sino la certeza de que su valor no dependerá de su acierto o desempeño. Que por mucho que falle o, incluso, que cambie de rumbo…. SIEMPRE seguirá siendo su orgullo, su luz y su amor.

Así que, hija mía, cuando vuelvas a la pista, hazlo como cuando eras niña: con el balón como aliado, con la libertad como bandera y con la felicidad como única meta. Porque ahí, en ese instante, el deporte recuperará su sentido más puro: enseñarte a vivir.